La Única Diferencia

Yo pensé que el contacto diario con tanto sufrimiento animal ya le había endurecido el corazón a Liz.

Lidiar día a día con rescates de animales abandonados, maltratados, heridos y con dueños irresponsables que tratan a sus animales como si fueran basura no la han curtido todavía.

Esta tarde de fuerte lluvia llegó cargando, con un cariño difícil de explicar, un bulto. Yo no podía distinguir si eran lágrimas o el chubasco lo que le empapó su uniforme de rescatista: camiseta bien puesta y cinturón lumbar para aguantar el peso de tanto perro que en sus brazos encuentra el rescate.

No sé por qué tanta prisa la aturdía si ya no había nada que hacer por el perrito, ya estaba muerto, pero en su afán de tal vez remediar algo, entro a paso apresurado a depositar el cuerpo en un lugar seguro.

Cuenta como vio a dos despiadados hombres apresurar la marcha de su camioneta y, entre risas, atinar a centrar un implacable y atinado golpe mortal a un pobre perrito callejero que intentaba cruzar la calle seguramente con la esperanza de encontrar un destino, inocente criatura que en su vida no habría hecho nada malo, tal vez solo desparramar algo de basura de algún bote lleno de inmundicia.

Seguramente lo único afortunado que esta pobre criatura tuvo en su vida fue que Liz asistiera los últimos minutos de la tortuosa vida que le toco sufrir en este mundo de humanos insensibles que desgraciadamente gobiernan el porvenir de tanta especie inocente que habita en el planeta.

La cacería de animales me congela el corazón de impotencia y rabia, sea donde sea, en África , Canadá, nuestra sierra o en el fin del mundo, me parece uno de los actos más despiadados, injustos y patológicos que realiza el ser humano.

El hombre caza porque encuentra placer al matar, por la exaltación que les da el poder de decidir con un gatillo el quitar una vida. Matan seres que, por ser hermosos, tienen que pagar con su vida para adornar con sus astas, sus colmillos, su porte y su grandeza paredes de habitaciones obscuras plagadas de sufrimiento y olor a cementerio.

No hay excusa que valga, y vaya que los cazadores tratan mucho de justificar su matanza con ideas tan absurdas como el control de la sobrepoblación, alimentar la hambruna de algún poblado, ayudar a bien morir a un animal viejo (si verdaderamente quisieran ayudar podrían hacerlo con una inyección letal, no persiguiéndolo, acorralándolo, angustiándolo y encañonándolo), cuando en el fondo de su corrupto corazón la verdad que encierran es un sádico deseo por tener un “trofeo”.

Finalmente, la única diferencia entre los cazadores y los asesinos del perrito de hoy, es que los primeros cuelgan su trofeo en su pared y el trofeo de los segundos Liz lo recogió de donde lo dejaron.

Adriana Martínez
Presidenta Fundación Luca, A. C.